No se por qué, pero tampoco voy a preguntar mucho, más bien disfrutaré de mi emoción. Bueno, sí puedo intuir por qué. Este sábado tengo vacaciones de la universidad, además de que me están instalado unos muebles que necesitaba desde hace rato. Había retrasado la compra por la pandemia, pero luego de cuatro meses, trabajando desde casa usando una silla plástica para que mi retaguardia se deposite por horas, resulta poco no solo rentable, sino bastante contraproducente. No quiero luego problemas de columna o algo similar. Lo cierto es que me animé a hacer la compra y es increíble como un pedacito de “normalidad” me está regresando mi humanidad, al menos me da alegría. Puedo notarlo. Es lo mismo cuando, por ejemplo, estoy haciendo proyectos de trabajo y sale a relucir la posibilidad de volver, aunque sea por algunos días, a mi espacio laboral. No había caído en cuenta porque suelo estar muy agobiada por el trabajo; esto en tiempo pre-pandemia era natural. Como muchos, manejo un estrés excesivo debido a mi trabajo y es algo que he venido tratando de cambiar, soy amante del teletrabajo y estoy tratando de fomentarlo en mis colegas, pero sí que me sorprende que, ante la mínima mención o posibilidad de volver, mi cuerpo incluso, reacciona diferente. Es una especie de felicidad, una chispita de energía bonita. Creo que es ese sentir que, recupero mi vida. Al fin y al cabo, es lo que he hecho por años; a lo que estoy acostumbrada. Quizás por eso mi cuerpo reacciona de forma positiva, a lo conocido. No sé si al paso del tiempo, me será tan familiar estar en casa y aislada, que me calará diferente cualquier posibilidad de retorno a la presencialidad. No quiero llamarlo normalidad, porque lo normal me asquea. Al menos lo que consideramos “normal” o lo que la gente conoce como tal. Ni siquiera sé que es. No me gustaba antes y tampoco me parece atractiva la idea de volver a ella. Lo cierto es que estoy feliz con mis muebles.
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