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Mis kéfires hablan

Foto del escritor: LegómenaLegómena

Desde hace muchos años tengo la costumbre de bendecir los alimentos antes de comer. Mi Madre nos enseñó a hacerlo desde pequeños. Recuerdo la oración de mi hermano menor: “gracias, Jesús, gracias, María, gracias por esta comida, amén.”. Era su forma de obedecer y de paso nos alegraba al resto pues era tiernísimo ver al mocoso rezando. En mi caso yo decía otra, que incorporé del colegio: “Bendícenos Señor a nosotros y a estos alimentos que por tu bondad vamos a tomar…” Ahora que la leo la siento extraña, impersonal, no creo nunca haber conectado con esa oración. Mamá nos decía que debíamos agradecer y cuando ella lo hacía era algo más natural que recitaba de su corazón.


Con los años dejé mi recitación mecánica y mejor me hice de otra, más al estilo de mi Madre. Va algo así:


“Madre Divina, Padre Creador, gracias por estos alimentos que la Tierra me provee. Por favor te pido que sean de nutrición, de sustento, de alimento y crecimiento para mi cuerpo, mi alma, mi mente, mis emociones, mi corazón. Por favor que nunca falte un plato de comida caliente en mi mesa, en la de todos mis amados y en las del mundo entero. Gracias.”


Mas o menos con esas palabras.


Un día mientras preparaba mi comida empecé de la nada a recitar mi bendición y comprendí que hacerlo desde la cocina era más acertado, pues me ayudaba a estar más consciente, a prepararlos con más amor: a sentirme amada. Desde entonces bendigo lo que voy cocinando y también lo hago antes de comer. Me hace sentarme a la mesa con una sensación diferente: soy más consciente de mi alimentación.


Hace unas cuántas semanas estaba haciendo mi oración cortando unas zanahorias y en la parte de: “que sean de bendición para mi cuerpo, mi alma…mi corazón…” Fijé mi mirada en una esquina de la cocina en la que está mi cosecha de kéfir. En un instante que no puedo describir como mágico, pero sí muy revelador, terminé mi oración diciendo: “y para bienestar de todos los organismos que, a través de mí, entren en contacto con ellos”.

Pensaba en mis zanahorias, y en el bien que le harían a mi microbiota. Yo que soy amante de los bichos buenos, -tengo una relación estrecha con ellos-, he procurado cuidarlos desde hace muchos años. Una de las cosas que hago es consumir pro y prebióticos, y así procuro que esas colonias de microrganismos también estén cuidadas. Sentí que mis kéfires me sonrieron. (Quiero aclarar que no estaba bajo la acción de ningún estupefaciente o similar, pero quise compartir la experiencia). Mis kéfires me hablaron ese día. Me pidieron que los bendijera y que también estuviera consciente de que lo que consumo les afecta: nos ayudamos o perjudicamos mutuamente.


Desde entonces bendigo mis alimentos, y a todos aquellos seres que se benefician por ellos. Cuando lo pienso esto se extiende, y muy profundamente. Empecé a hacer cadena y llegué hasta la tierra que será abonada por mis huesos. Siempre he querido ser cremada, así que espero mis cenizas sirvan de fuente mineral para tantos otros seres vivos y que el ciclo de la vida continué. Ahora voy incluso más atrás, así que, si algún día nos topamos en el supermercado, no se asusten si me ven “hablando sola”, pues estoy bendiciendo mis alimentos desde que los coloco en la carreta.


Nunca me he sentido más conectada con mi nutrición como ahora, gracias a mis kéfires que me hablaron. Y sé que están contentos...

 
 
 

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