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Aislamiento y los niños

Foto del escritor: LegómenaLegómena

Durante el confinamiento, hemos pasado de locura en locura. Primero, fue el ocultarnos a la vida pública de una forma repentina e improvisada y ahora, aunque la improvisación continúa, vamos intentando acostumbrarnos a algo que sabemos antinatural pero necesario: el aislamiento. Muchas ilusiones y planes, se han desmoronado por lo súbito de la aplicación de las medidas restrictivas y eso definitivamente tiene un impacto en las emociones de todos. La motivación, por ejemplo, puede verse disminuida y conforme pasa el tiempo y el confinamiento se prolonga, podemos caer en procesos de ansiedad, depresión, miedo y angustia. Esto es normal.

Entre los adultos, las consecuencias psicológicas pueden manifestarse de forma más directa e incluso, las esperamos. Sobre todo, porque se supone que es más consciente de lo que está pasando, además de que tiene un mayor acceso a medios de comunicación, lo cual también lo vuelve más susceptible a las emociones dañinas que genera la sobrecarga de noticias negativas. Sin embargo, los niños reciben indirecta, e incluso directamente, las consecuencias de las emociones negativas de sus padres y cuidadores y esto les será de gran impacto. No podemos ignorar que el aislamiento y distanciamiento social está dañando terriblemente la salud mental y emocional de muchos, -de todos-, y esto necesariamente repercute en los niños. Es preocupante, sobre todo porque son ellos quienes sacarán el mundo adelante; les toca “llevar la batuta”, por lo que protegerlos y proveerles de una buena salud emocional debe ser ahora, más que nunca, una prioridad.

Dentro de los mayores retos que esta pandemia está trayendo es el de enfrentar los efectos de la crisis en la salud mental de todas las personas. Hay mucho énfasis en recomendaciones para que los adultos cuiden de ella, pero los niños deben ser considerados como más susceptibles aún a las consecuencias y daños a nivel psicológico que esta crisis está generando. Los aspectos vitales para el desarrollo normal de un niño son el apego y el estímulo. Una unión fuerte del niño con sus padres o con su proveedor de cuidado le ayuda a mantener un estímulo psicosocial esencial para su desarrollo adecuado. Durante esta crisis, este vínculo puede estarse presentando de una manera más fuerte en algunos hogares, pero no en otros, pues si bien muchos adultos están confinados con sus hijos y haciéndose cargo de manera más directa de todas sus necesidades, otros no lo están logrando. Puede ser que, debido a la necesidad de atender sus responsabilidades laborales, no les sea posible quedarse en casa y velar por ellos, así que muchos niños se encuentran desatendidos porque sus cuidadores primarios no les están acompañando, y esa sensación de “abandono" siempre deja huella. Existen hogares donde son los abuelos quienes cuidan de los niños y ahora, muchos de ellos no pueden hacerlo, pues las personas de la tercera edad son más vulnerables y deben ser más estrictos en el confinamiento por su mayor riesgo de complicaciones al infectarse. Eso también causa un impacto en los pequeños, pues les hace falta el apego al cuidador: a su abuelo.

El estrés de los padres puede afectarles directamente y ser detonante de violencia e incluso abuso. Lamentablemente, en Guatemala, se han incrementado las denuncias por abusos infantiles en los últimos meses, y mucho es ocasionado por este estrés, pero sobre todo porque debido a las restricciones de locomoción, los niños abusados, se encuentran encerrados perpetuamente con su abusador. Esto también sucede en el caso de mujeres y se ve reflejado en los altos reportes de violencia doméstica publicados por algunos medios de comunicación. Tristemente sabemos que de esto también hay subregistro.

Luego está el efecto que el propio confinamiento ocasiona en los niños. La sobrecarga de tareas, la modalidad de clase virtual, la nueva forma de enseñanza, pueden generar un estrés nuevo para ellos, pues es un cambio que, además de repentino, ahora se globaliza en todos los aspectos de su vida. Los niños saben, a su manera y conforme se les haya explicado, que la situación es delicada y esto, dentro de su nivel de comprensión, puede amplificar preocupaciones por la salud de sus padres y abuelos, que los lleven al miedo y ansiedad. También es de considerar, la falta de contacto con sus amigos y compañeros de estudio y sobre todo de juego. Sin tener esos momentos con otros niños, el estímulo del lado psicosocial puede ser escaso. A algunos no les será posible continuar con juegos e interacción con otros niños más que por medio de pantallas, y al no ser la forma habitual en que se hacía, generar incluso ansiedad por extrañar actividades y la compañía que les agradaba. Muchos niños pueden presentar cambios de humor, y pasar de tristeza, llanto a risas e hiperactividad. Esto último potenciado por la falta de actividad física, al menos al nivel que lo realizaban anteriormente, lo cual no solo los hace más vulnerables a problemas físicos, sino a las emociones fluctuantes. No es tampoco extraño que muchos niños puedan presentar estados depresivos por toda la situación; quizás no, -o sí-, los niños más pequeños, pero hay casos de niños de doce años que han incluso cometido suicidio. En países como Guatemala la pandemia toma un papel más peligroso porque ya tenemos muchos problemas sociales que solo se agudizan en esta crisis: desnutrición, analfabetismo, pobreza, drogadicción…la pandemia solo vino a complicar lo que creíamos no podía complicarse más. Por eso no puede extrañarnos que, entre los fallecidos guatemaltecos, se encuentren niños y adolescentes, pues vivimos en una sociedad con muchos problemas que son el abono perfecto a la infectividad, la insalubridad y la mortalidad. Es por eso que su salud emocional es parte de las necesidades por atender y priorizar. Y ¿cómo harán los padres si ni siquiera ellos están bien? pues para empezar reconociéndolo y pidiendo ayuda: existen especialistas, solo es de buscarlos. Y por supuesto, exigir que la salud emocional infantil sea priorizada también por el Estado, lo cual es difícil, pero hay que hacerlo.

Podríamos llenarnos de tristeza, porque todo esto realmente es preocupante, pero no nos llevará a nada bueno ni productivo, a menos que sea el reaccionar. Este momento es transitorio y si se lo permitimos, nos dará un gran empuje hacia cambios positivos. Ahora, pueden verse a muchos padres e hijos estableciendo vínculos que antes quizás no tenían; compartiendo en formas que no habían tenido oportunidad de hacerlo, además de abrirse a las nuevas modalidades de enseñanza lo cual permite tener más opciones para capacitarse y aprender. Este momento en particular es muy especial, por ser la transición, pero puede ser oportunidad para crecer en otros aspectos. Es importante fomentar la visión de futuro y la esperanza, sobre todo porque la negatividad está a la orden del día y esas emociones tienen efectos nocivos en la salude mental tanto de adultos como de niños.

El miedo a infectarnos y la falta de contacto con familia, amigos, colegas e incluso conocidos, junto a una limitación en la actividad externa, aumentan la preocupación en los hogares, en cada persona, y es lógico. Todos estamos en esto. Sin embargo, también es un abanico de oportunidades y posibilidades; no es la primera vez que nos enfrentamos a una crisis, por lo tanto, contamos con la experiencia previa, al menos viéndolo panorámicamente, para vivir lo que estamos viviendo. Obviamente es una situación única, y de características muy especiales, pero que también nos provee de una plataforma de cambio y crecimiento. Como todo proceso evolutivo, implica dolor, pero no significa que no podamos ver el futuro con esperanza. No la de volver “a la normalidad” sino a crear una totalmente diferente y nueva, que nos permita crecer no solo como personas, sino como humanidad. Sobre todo, con una alta higiene emocional tanto en los adultos de hoy como en los del mañana.



 
 
 

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